Cecilia Russo

Del Liderazgo y la Danza: el arte de lo posible

Leemos habitualmente cuáles son las competencias, necesidades y desafíos que los Líderes enfrentan hoy. Un listado exigente de habilidades que un Líder necesita desarrollar considerando los tiempos que corren. En algunos momentos suenan como modelos armados, homogéneos, replicables, donde lo individual queda desdibujado y nos muestra un aspiracional hacia el cual todos necesitamos llegar.

Sin embargo, no siempre es posible lograr todas esas competencias o habilidades que desde lo racional parecen obvias y que nos serán demandadas en los espacios donde nos desarrollamos o lideramos.

Y a partir de ahí surge un análisis que habitualmente hacemos:

  1. ¿El Líder Sabe?: es decir, ¿tiene las competencias necesarias?, y si no sabe, ¿cómo las desarrolla?
  2. ¿El Líder Quiere?: ¿Tiene la motivación para generar cambios, transformarse, aprender, desafiarse?
  3. ¿El Líder Puede?: ¿Logra aplicar los conocimientos? ¿Puede transformar en algún sentido su modalidad de gestión? ¿Puede empezar a hacer algo diferente?

Y en este último punto es donde me quiero detener.

No todos podemos todo. ¿Cuáles son los límites de nuestras posibilidades? ¿Todo el transformable? ¿Están dadas las condiciones personales para lograrlo?

Como ejemplo, si necesito tener una actitud más asertiva en lo comercial, se espera de mí mayor impacto en mis clientes, ¿puedo hacerlo? Aprendí habilidades comerciales, estoy motivado, pero… ¿Qué cambios más profundos tengo que generar en mí para lograrlo? ¿Qué hay de mi personalidad, hábitos, costumbres que se me juegan a la hora de gestionar esos cambios y poner en práctica esas nuevas competencias aprendidas?

Y ahí es donde por momentos dudo de si no caemos en exceso de voluntarismo desde quienes desde afuera apuestan a esos cambios (su Jefe, su Gerente, el área de Personas). ¿Hasta dónde la persona podrá desarrollar esas competencias?

Quizás el punto sea lograr un camino ambicioso pero posible, donde esas áreas de mejora no se transformen en incompetencias. Pero seguramente tampoco serán fortalezas. Es decir, implica aceptar el punto de partida y desde allí valorar ese pequeño cambio y paso que estamos observando.

Hace unos días tuve la oportunidad de ver al Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín el cual me conmovió por la sensibilidad, sutileza y la capacidad para unir la danza contemporánea con el tango. En un reportaje a la coreógrafa y creadora del espectáculo, Ana María Stekelman, le preguntan cómo había logrado fusionar la danza contemporánea con el tango: “Me costó mucho incorporar el tango que finalmente hizo un cruce con la danza moderna, un cruce casi involuntario; yo no tenía otro lenguaje más que el de Copes (bailarín de tango y coreógrafo argentino) que ví tanto y el que traía originalmente en mí de la danza contemporánea”

Esta frase resume lo inevitable de la experiencia, parece que “no pudo evitar crear esa fusión”; era lo posible para ella. Pareciera que fue natural, era lo viable, el camino esperado, lo inevitable.

Considero que en muchas de nuestras acciones es inevitable tener tendencia hacia ciertos comportamientos, actitudes, modos de gestionar. Es como nuestra matriz, nuestro modo habitual, lo que sabemos. 

Entonces… ¿Qué podemos hacer para lograr esos cambios y aprendizajes que ambicionamos? Trabajar para modificar o ajustar algunas competencias para ir en búsqueda de los resultados que deseamos.

Esto exige un trabajo en otra capa de profundidad. No se trata de aprender una herramienta o nuevo concepto, se trata de aplicarla considerando quién soy, mi historia y mis posibilidades.

Esta visión me parece más humana y más realista. Es el mundo de lo posible, no de lo ideal. 

De eso se trata ser personas y no máquinas!! Una mochila un poco menos pesada, más amorosa y realista.

Cecilia Russo 
Febrero 2026